Caída de nieve marina
Llanura abisal

Caída de nieve marina

En las llanuras abisales, a profundidades que oscilan entre los cuatro mil y los seis mil metros, la presión hidrostática alcanza entre cuatrocientas y seiscientas atmósferas, aplastando cualquier noción de ligereza mientras la temperatura del agua ronda apenas uno o dos grados centígrados, estable y antigua como el tiempo geológico. Desde la columna de agua que se extiende hacia arriba en una oscuridad casi absoluta, una lluvia continua de nieve marina —partículas orgánicas, restos de plancton, fragmentos de materia fecal y mineral— desciende lentamente hacia el fondo, cada grano suspendido en el agua inmóvil como una galaxia invertida de materia muerta que viaja semanas o meses antes de posarse. El lecho, cubierto de lodos calcáreos y silíceos de color gris pardo, se extiende en una planicie de bajísimo relieve sembrada de nódulos de manganeso, pequeñas aperturas de madrigueras y ondulaciones sedimentarias apenas perceptibles; sobre él aguardan inmóviles una holoturia pálida, estrellas ofiuras semienterradas, formas xenofióforicas de contornos delicados, un penacho de mar solitario y crinoideos pedunculados anclados en parches de sustrato más firme. Destellos bioluminiscentes de cian y verde, emitidos de manera intermitente por microorganismos pelágicos y bénticos, revelan el volumen de este mundo sin iluminarlo, convirtiendo la nieve marina en una presencia difusa y etérea que da cuerpo a la oscuridad; a un lado, la superficie de una laguna de salmuera refleja levemente contra el sedimento, una anomalía densa y quieta que distorsiona la frontera entre el agua y el fango con una extrañeza enteramente natural.

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