Arrecife de Vértebras Antiguas
Caída de ballena

Arrecife de Vértebras Antiguas

En la llanura abisal, a más de dos mil quinientos metros de profundidad, donde la presión supera los 250 atmósferas y ningún fotón solar ha llegado jamás, un conjunto de vértebras de ballena lleva décadas convirtiéndose en algo más que hueso: es ahora un arrecife vivo, un oasis de sustrato duro en una extensión de sedimento silicioso que se extiende sin límite en todas las direcciones. Las cavidades y arcos vertebrales, porosos y teñidos de blanco calcáreo, pardo mineral y los tonos apagados del sulfuro, sustentan colonias densas de anémonas de marfil pálido con tentáculos translúcidos, ofiuras de brazos articulados que se enrollan por las grietas, y tapices filamentosos de bacterias quimiosintéticas que se extienden sobre el hueso enriquecido en materia orgánica —el mismo principio ecológico que sostiene las fumarolas hidrotermales y las filtraciones frías, aquí generado por la lenta mineralización de un gigante. De vez en cuando, lentos pulsos de cian azulado atraviesan la columna de agua sobre el arrecife: son sifonóforos a la deriva, cuyos destellos bioluminiscentes revelan por un instante la textura del hueso antiguo, los brazos en movimiento de las ofiuras y el velo tenue de bruma de sulfuro antes de que la oscuridad absoluta vuelva a cerrarse sobre este mundo que existe, silencioso e indiferente, sin testigos.

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