Sobre la cima volcánica de este monte submarino, la luz de la mañana penetra en columnas diagonales a través de un agua oceánica de una transparencia extraordinaria, encendiendo con destellos plateados y dorados la superficie escamosa de miles de pequeños peces pelágicos comprimidos en una esfera viva que gira, se dobla y se recompone sin cesar bajo la presión de los depredadores. Los atunes de aleta amarilla —*Thunnus albacares*— surcan la masa con arcos de precisión fulminante, sus flancos metalizados captando cada rayo de sol mientras aceleran a velocidades que la hidrodinámica de su cuerpo fusiforme ha perfeccionado a lo largo de millones de años de evolución; en el perímetro exterior, cardúmenes de jureles giran en formaciones apretadas, aprovechando el efecto de sombra hidrodinámica colectiva. La meseta de basalto fracturado y pavimento carbonatado que corona el monte actúa como un oasis en mar abierto: la corriente que barre el sustrato duro concentra el plancton ascendido por mezcla topográfica y bombeo mareal, atrayendo hacia este punto concreto una cadena trófica completa que en aguas oceánicas sin relieve apenas existiría. En el borde del plateau, donde la roca cae abruptamente hacia profundidades silenciosas, gorgonias y corales negros se anclan en las cornisas levemente más sombrías, filtrando el flujo con sus ramas extendidas, indiferentes a la cacería frenética que ocurre metros más arriba en la columna de agua iluminada.